martes, 7 de octubre de 2008




La vida no es cuestión de método


Colombia siempre se ha caracterizado por ser una nación alegre y devota entregada con pasión a todo lo que hace y lo que promueve, se ha destacado por ser uno de los mejores países en la producción de café, por el carisma de sus habitantes, por la abundancia de sus suelos, por la hermosura de sus paisajes y por la diversidad de su fauna.
Sin embargo todas estas virtudes han sido reducidas por la violencia masiva que ha hecho parte de su legado cultural; violencia que ha dejado una huella inquebrantable en la historia, que ha marcado el presente y que parece predecir el futuro.
La muerte se Luis Santiago, el niño que fue asesinado a manos de su padre, ha servido para que Colombia acepte una realidad ineludible a la que ha intentado negarse, una realidad de la que ha huido desde hace ya mucho tiempo, o que tal vez a dejado en el olvido porque se ha acostumbrado a vivir de su mano, ha encontrar en ella una compañía, pues sería muy difícil tropezar con un capítulo de la historia en el que no se tenga que hablar de la violencia.
Será conveniente recordar que la sociedad es la que en muchas ocasiones construye el porvenir y es importante reconocer que en la actualidad esta construcción ha sido deficiente, pues se ha basado en las exigencias de un mundo en donde solo hay espacio para la competencia y la globalización, y se han perdido los valores familiares al punto que ya no interesa la integridad del hogar, ni el significado de la vida humana. Sería favorable concientizar a la sociedad que no se trata únicamente de gritar a una sola voz no más violencia contra los niños, se trata de empezar a recuperar los valores que se han quedado en las familias del pasado, para evitar que actos tan atroces como la muerte de Luis Santiago Lozano vuelvan a ocurrir, pues el ser humano no es un dios que puede decidir quién merece vivir y quien no, quien tiene el privilegio de disfrutar las maravillas que se encuentran en el camino de la existencia.
Convendría también reconocer que parte de la culpa de estas problemáticas, la tiene los medios de comunicación, que han acostumbrado a la sociedad al morbo y a la violencia, buscando obtener una audiencia innumerable, a costa de lo que sea, así tengan que maltratar la dignidad humana, mostrando el dolor, la tristeza y el desconsuelo que generan este tipo de acciones, si bien es cierto que los medios de comunicación deben informar, también es cierto que la información debe ser veraz y no debe adentrarse a las cuestiones sociales que generen este tipo de sentimientos, eso hace parte de la responsabilidad social que adoptan al ser considerados el cuarto poder, al ser la ventana al mundo, al ser quienes de alguna forma regulan las ideologías y creencias de una sociedad.
Hoy Colombia está de luto por la muerte de Santiago lozano, pero más allá del dolor, más allá de la tristeza Colombia aprendió que la vida no es cuestión de método, que en cualquier momento se puede perder; así que es conveniente disfrutar cada momento que esta nos proporciona, pues tal vez sea la última oportunidad que exista para sonreír.




La violencia y sus cenizas en la sociedad


La sociedad siempre ha intentado encontrar en la política, un objeto de autoridad, que le permita controlar una nación, los pensamientos y las decisiones de un grupo considerable de individuos, en un estado, la política es la máxima expresión del poder, pues esta le permita hacer lo que pretenda lograr y sin necesidad de mucho esfuerzo.
Sin embargo, y aunque la sociedad ha sido víctima de su propio invento, al jugar a la política del mas fuerte, el hombre no puede concebir su existencia sin entrar en el camino de la ambición por controlar el mundo a su antojo, por encontrar un poder que adopta aun sin merecerlo, un poder que acaba con todo aquel que se interpone en sus planes; por eso no es posible hablar de poder sin hablar de violencia, pues tal ves sean muy pocos los capítulos de la historia de la humanidad, en los que no se conciba la violencia para lograr un fin, aún en la actualidad la sociedad vive con el tormento y la angustia que pueden causar la cenizas de la violencia y el poder y en el intento por acceder a ese poder, se ha pasado por encima de la vida de personas inocentes, que buscan en el día a día una manera de sobrevivir dignamente, sin hacerle daño a nadie, cuyo único pecado es ser parte de un partido político, es hacer mención a ese derecho que tenemos todos los seres humanos de la libre expresión; "libre expresión" que en muchas ocasiones se ve truncada por los intereses personales de otros, que condicionan sus ideologías.
Si habláramos, por ejemplo, del caso colombiano, seria justo decir, que esta nación ha estado ligada a la violencia desde hace mucho tiempo, entre sus hermosas montañas, su fastuosa naturaleza, y su riqueza cultural, han corrido las lagrimas y la sangre de un pueblo inocente, de un pueblo que piensa en el mañana como una nueva oportunidad de hacer lo que hasta el hoy no ha logrado.
Para Alfredo Molano, esta es una realidad ineludible, una realidad que ha dejado huella en el pueblo colombiano, una realidad que ha marcado la historia y que aún continua rigiendo el presente, por ese motivo, Molano trata de plasmar entre las páginas de LOS AÑOS DEL TROPEL, las vivencias de un pueblo oprimido, de un pueblo silenciado y apagado por las demandas de un grupo de individuos que considera que es lo bueno y lo malo para la sociedad, que se creen dioses con la capacidad de destruir a quienes no comparten sus ideales, quienes se convierten en una piedra de tropiezo para sus planes, personas cuyo único pecado es concebir la existencia desde otro punto, desde otra perspectiva, desde otra ideología.
La sociedad siempre ha estado y estará expuesta a la violencia, pues desafortunadamente esa es la única manera que encuentra el ser humano para conseguir sus ideales; mientras exista la ambición por el poder existirá la violencia. Aun así la sociedad vive feliz, sigue votando y escogiendo a candidatos a hagan el ejercicio del poder, algunos dictadores, otros autoritarios, pero al fin y la cabo todos con la misma ambición, todos con los mismos ideales, con los mismos intereses, con el anhelo de hacer de su realidad, la realidad de todos.